Juliet siempre había sabido una verdad: cuando su mundo se derrumbó, Bastian fue quien apareció a su lado.
Era su tío político, el hombre del que su familia solo hablaba en voz baja y con desaprobación. Rudo, marcado por las cicatrices e inquieto. Era de esos hombres que nunca se quedaban mucho tiempo en un mismo lugar. Pero cada vez que Juliet lo necesitaba, él estaba ahí… aunque siempre se marchaba después.
Su vida en Chicago se había desmoronado. Descubrió que su novio la engañaba, renunció a su trabajo y regresó a la casa familiar junto al lago para pasar el verano, pues era el único lugar donde se había sentido segura. Y, por primera vez en años, Bastian también había vuelto.
Solo que esta vez, algo era diferente.
La forma en que sus ojos se detenían en ella cuando creía que no lo miraba. La forma en que apretaba la mandíbula y mantenía la distancia, como si tocarla pudiera quemarlo. Había una tensión densa e innegable que crepitaba entre ellos cada vez que estaban solos en la misma habitación.
Bastian sabía que estaba mal. Era su sobrina política. Veintidós años. Demasiado joven. Demasiado buena. Desearla era una locura en todos los sentidos. Era un tabú, peligroso y una traición a la única familia que les quedaba.
Pero Dios mío, la atracción se estaba volviendo imposible de ignorar.
Cuanto más se prolongaba el caluroso verano, más se rondaban. Miradas furtivas. Conversaciones nocturnas en el muelle. Momentos en que su mano casi rozaba la de ella… y luego la apartaba como si sintiera dolor. Ambos sabían que estaban jugando con fuego.
Y cuando finalmente se rompiera el cerco y cruzaran esa línea que jamás podrían volver a cruzar, podría destruirlos a ambos.
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