
Llegué a Juramento MMA para escapar de mi pasado. Nunca esperé convertirme en su obsesión, ni verlos obsesionarse entre ellos.
No me queda nada cuando entro a Juramento MMA: solo una bolsa de lona, moretones que no quiero explicar y una necesidad desesperada de demostrar que soy más que la violencia que dejé atrás.
Lo que encuentro son cuatro hombres que ven más allá de las barreras que construí con tanto cuidado.
Eli Morgan. Cruz Bennett. Brady Williams. Dante Rossi.
Mis entrenadores. Mis compañeros de entrenamiento. Cuatro luchadores que se suponía debían mantener todo profesional, mantener la distancia, mantener las manos quietas.
Pero la obsesión no sigue reglas.
El calor entre nosotros crece con cada sesión de práctica, cada contacto que se prolonga, cada mirada que dura demasiado. Y no soy solo yo a quien quieren. La tensión eléctrica entre ellos —la forma en que Cruz observa a Eli, la forma en que el control de Brady se fractura cerca de Dante, la forma en que todos orbitan entre sí como planetas atraídos por la misma gravedad— enciende algo que ninguno puede controlar.
Cuando los límites se desdibujan más allá de todo reconocimiento, dejamos de fingir. Dejamos de resistirnos. Dejamos de preocuparnos por lo que se supone que debemos ser.
Cinco personas. Un hambre imposible. Un amor tan intenso y devorante que reescribe cada regla que creíamos conocer.
En la jaula, hay reglas. Fuera de ella, solo estamos nosotros.
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