
Me criaron atado con una correa.
No en sentido figurado ni poético…
Un collar de verdad alrededor de mi cuello, atornillado al hormigón junto a la cama de la Ama.
Aprendí muy pronto que la obediencia sabía mejor que el hambre y que la sangre se podía lavar, mientras que los huesos rotos no.
Por la noche me liberaban de mis cadenas…
y me enviaban, como su perro más preciado, a cazar a su próxima presa.
Mi trabajo consistía en encontrarlos, doblegarlos y venderlos.
Hasta que apareció él…
Él creía que estaba cazando a un monstruo.
No se dio cuenta de que lo estaba llevando directamente a mi jaula.
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