
No me gustan las pláticas triviales. No me gustan las mañanas. No me gusta sonreír.
Dirijo mi empresa como dirigía mi unidad de marines: con calma, tranquilidad, sin distracciones.
Entonces, ella entró en mi oficina.
Curvilínea. Guapísima. Incansablemente alegre.
Y la mujer más irritante que he conocido.
Es mi nueva asistente. Todo sol, preguntas y unos ojos azules brillantes que ven demasiado.
Tararea mientras trabaja. Habla con mi perro como si fuera de la realeza.
Y por razones que no me gustan ni un poco… no puedo dejar de mirarla.
Está prohibida. No es para mí en ningún sentido.
Pero la deseo.
La necesito.
Y ese es el problema:
Porque en cuanto la tengo, no hay vuelta atrás.
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